Durante décadas, el esquí ha sido
mucho más que un deporte de invierno. Ha sido escenario social, ritual estético
y, sin proponérselo del todo, una de las grandes fuentes de inspiración de la
moda invernal contemporánea. Las montañas nevadas, los refugios de madera y los
après-ski han construido un imaginario que hoy sigue influyendo en cómo
nos vestimos cuando bajan las temperaturas, incluso a cientos de kilómetros de
las pistas.
La relación entre esquí y moda no
nace de la funcionalidad pura, sino de una necesidad muy humana: verse bien
incluso en condiciones extremas. Y ahí empieza una historia fascinante.
El esquí como símbolo de
estatus y modernidad
En los años 50 y 60, esquiar no
estaba al alcance de todos. Viajar a los Alpes o a estaciones exclusivas
implicaba tiempo, dinero y una cierta pertenencia social. Las pistas se
convirtieron en pasarelas improvisadas donde la elegancia competía con la técnica.
No se trataba solo de descender bien una ladera, sino de hacerlo con estilo.
Es en esta época cuando aparecen
siluetas que hoy consideramos icónicas: pantalones ajustados, jerséis de cuello
alto, gafas envolventes y monos que estilizan el cuerpo. El esquí ayudó a
normalizar prendas ceñidas, técnicas y aerodinámicas en un momento en el que la
moda femenina aún estaba muy estructurada. La montaña introdujo una nueva idea
de libertad: movimiento, deporte y elegancia podían convivir.
No es casual que muchas
fotografías de archivo de estaciones alpinas parezcan editoriales de moda. El
frío, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en un aliado estético.
Del rendimiento técnico al
armario urbano
Con el paso del tiempo, la ropa
de esquí empezó a evolucionar hacia materiales más técnicos: tejidos
impermeables, aislantes térmicos, capas pensadas para resistir viento, nieve y
humedad. Pero lo interesante no es solo la innovación técnica, sino cómo esa
estética salió de la montaña y entró en la ciudad.
Plumíferos, anoraks oversize,
botas de inspiración alpina o gafas de sol de gran tamaño son hoy
imprescindibles del invierno urbano. Prendas que nacieron para proteger el
cuerpo en la alta montaña se reinterpretan ahora como símbolos de estilo,
incluso en contextos donde la nieve nunca aparece.
La moda ha sabido apropiarse de
ese lenguaje técnico y convertirlo en algo deseable. El resultado es una
estética que transmite protección, confort y cierta idea de aventura, incluso
en medio del asfalto.
El mito del après-ski y
la elegancia relajada
Si hay un concepto que ha marcado
profundamente la moda de invierno, es el del après-ski. Ese momento
posterior al esquí, frente a una chimenea o en una terraza nevada, donde el
esfuerzo deja paso al placer. Aquí la ropa deja de ser puramente técnica y se
vuelve envolvente, cálida y sofisticada.
Pieles, lanas gruesas, botas
forradas, gorros de punto y abrigos estructurados construyen una imagen que hoy
asociamos al lujo invernal. No es un lujo ostentoso, sino un lujo
confortable, ligado al bienestar y al tiempo lento.
Esta estética ha influido
directamente en cómo entendemos el invierno: como una estación para abrigarse
bien, sí, pero también para disfrutar del ritual de vestirse por capas, de los
tejidos nobles y de las siluetas que invitan a quedarse.
La montaña como refugio
estético
En un mundo acelerado, la
iconografía del esquí y de la montaña funciona casi como un refugio emocional.
Habla de naturaleza, de silencio, de paisajes blancos que invitan a parar. La
moda recoge esa nostalgia y la traduce en colores neutros, blancos rotos,
beiges, grises y tonos tierra que dominan las colecciones de invierno año tras
año.
Incluso quienes no esquían
reconocen esa estética como algo aspiracional. Vestirse “como si fueras a la
nieve” se ha convertido en una forma de proyectar calma, sofisticación y cierta
desconexión del ruido cotidiano.
No es casual que tantas campañas
de moda invernal se desarrollen en paisajes alpinos. La montaña sigue siendo un
escenario poderoso, cargado de simbolismo.
Moda, esquí y una idea de
eternidad
Quizá por eso el esquí nunca pasa
de moda. Cambian los materiales, las siluetas se actualizan, pero el espíritu
permanece. Hay algo profundamente atemporal en esa mezcla de funcionalidad y
elegancia, de deporte y contemplación.
Como decía el diseñador Hubert
de Givenchy, “el lujo está en la sencillez”. Y pocas cosas hay más
sencillas y, a la vez, más sofisticadas que vestirse para el frío pensando
tanto en el cuerpo como en la mirada.
Hoy, cuando llevamos un plumífero
bien cortado, unas botas de inspiración alpina o un jersey de cuello alto,
estamos heredando décadas de historia. La historia de un deporte que, sin
proponérselo, enseñó a la moda de invierno a ser más técnica y, sobre todo, más
libre.